Enrique Alonso Cervantes

“Si alguien cree que debo quedarme fiel a lo que ahora hago, que me deje de seguir. Siempre voy a cambiar. Personalmente voy a cambiar, y mi música lo hará conmigo. No creo que tenga que hacer música que no quiera. El hip hop me cambió la vida cuando tenía once años, me encanta su cultura. Honestamente, no intento mantener los pies en el suelo. Me rodeo de mi familia. Mi hermano es mi mejor amigo, él me produce, escribo con él, rodearme de mi familia me hace sentir bien. Lo que es
una locura es lo que vivo ahora. La gente tiene que dejar de tomarme tan
en serio”, señala reflexiva Billie Eilish, la diva de la música actual, la nueva reina adolescente. Solo tiene 17 años y un disco en
el mercado, pero expertos y millones de fans ya la colocan como la próxima gran estrella de la música, que ha sido una de las sorprendentes e indiscutibles gurús del más reciente festival Coachella. 
Su presentación en este evento, que es un referente de lo cool y del gusto hipster, supone un nuevo espaldarazo para una artista que comenzó componiendo canciones en su casa junto a su hermano y que recientemente alcanzó el número uno en la lista Billboard, pasó por el
programa de Ellen DeGeneres y fue objeto de una serie de halagos en los destacados diarios The New York Times y Los Angeles Times. La californiana se ha convertido en la primera artista nacida en el siglo XXI que ha llegado al número uno de las listas estadounidenses con su
álbum debut. Mejor aún, Eilish se aparta de los modelos hegemónicos
previos de la estrella pop, con Madonna como matriarca del siglo XX y Beyoncé y Taylor Swift en el XXI, ofreciendo un cambio de dirección, un nuevo modelo cuyo indiscutible precedente ha sido la también adolescente Lorde. Enlazando pop oscuro e introspectivo con detalles de hip hop y electrónica en medio de canciones minimalistas, el álbum de Eilish llama también la atención por su pronunciado contraste, el que va del lamento de corazón roto adolescente de «Wish you were gay» a la contundencia y exhibición de poderío de «You should see me in a crown». Aunque quizá sea «Xanny» la gema de su álbum, una canción asombrosamente madura y en la que reflexiona sobre el consumo de calmantes y antidepresivos en su generación. Las críticas a su disco debut, que ha coescrito y producido con su hermano Finneas O’Connell, han sido muy positivas, y toda una referencia de la industria como Dave Grohl, líder de Foo Fighters, que comparó la conexión de sus hijas por la obra Eilish con lo que los jóvenes de los años 1990 sentían por los temas de Nirvana.
La aventura de Eilish comenzó en 2015 cuando publicó en la plataforma
Soundcloud la canción «Ocean Eyes». A partir de ahí comenzó la atención sobre ella en redes sociales y millones de clics en sus temas
que la llevaron a grabar material para Interscope y a tener 17.8 millones

de seguidores en Instagram. Aunque la historia de un talento joven y único que alcanza el estrellato a la velocidad del rayo es una constante en el pop, Eilish trata de evitar las comparaciones. Es en los textos en los que todavía tiene que terminar de romper. Como en el caso de Lorde, es fácil dejarse seducir por la idea de que denotan una gran madurez para su edad, sobre todo si se compara con las cosas de poco valor que sueltan la mayor parte de las estrellas del pop que la doblan o triplican en años de carrera. En su tratamiento de las relaciones sentimentales, se adhiere a los mejores aspectos de la cultura de estos tiempos: empoderamiento y carácter sin disimular su vulnerabilidad cuando es menester identificación como mujer y falta de miedo a la incorrección política, además de una inteligencia emocional envidiable que viene a demostrar que las nuevas generaciones son mejores en ese sentido. “Terminar una canción me hace sentir muy bien. Mientras la estoy escribiendo me siento muy mal, no me gusta estar escribiendo un tema sin saber cómo terminará. Lo odio, pero lo hago para poder tener ese sentimiento después de ‘he escrito esto, esto es mi arte’. Para mí, escribir canciones no es divertido hasta que las termino. Me gusta esa sensación porque me demuestro a mí misma que puedo hacerlo”.
Eilish creció escuchando géneros de rock y pop alternativo como Green
Day, My Chemical Romance, The Strokes, Red Hot Chilli Peppers, Tyler The Creator, Marina and The Diamonds, Lana del Rey. Sus videos suelen ser sombríos y comparten la estética de una película de terror. Hay gente que la acusa de banalizar la depresión, o de convertirla en algo cool. La capacidad de Eilish, de darle espesor estético a todo lo que pasa por su cabeza redunda en su manera de mostrarse, con un aspecto sombrío y manifestar abiertamente sus conflictos internos, que se conviertan en una tendencia dominante. Eilish está empezando a saber lo que es la fama en todos sus aspectos. La cantante fue una de las grandes triunfadoras de Coachella 2019, confirmando así que su éxito no es producto de un fenómeno momentáneo sino que su talento es real. Billie está viviendo el sueño de cualquier artista, está gozando no solo de éxito, sino del reconocimiento de la industria y de miles de seguidores que está acumulando por todo el mundo. Hasta Justin Bieber ha sucumbido a su talento. “Al grabar, seguimos siendo solo nosotros, mi hermano y yo. Trabajamos en su habitación, en la casa en la que ambos hemos crecido. No estoy en un gran estudio. No quiero estarlo. Es una decisión mía, todo lo que creo lo hago en la casa en la que crecí, con mi hermano, que es mi mejor amigo. Y funciona, así que por qué cambiarlo, por qué buscar otras personas para hacerlo cuando ya lo estamos haciendo exactamente como queremos. Lo escribimos todo juntos, él lo produce y ya está. No necesitamos a nadie más”. Ahora bien, la fama implica ciertas desventajas que muchas veces tienen que ver con la exposición continua que se tiene. Y Billie comienza a saber lo que es
despertar interés en los medios y en las personas que hay a su alrededor que siguen su música. A estas alturas, todo el mundo sabe ya
por qué el nombre de Billie Eilish está por todas partes, es la última súper estrella millennial, acaba de triunfar en Coachella, se mueve
por las redes sociales como pez en el agua, incluso tiene un filtro propio en Instagram, y posee una personalidad tan propia como sus temas.
“No quiero que internet sepa cómo soy realmente, como tampoco quiero que la gente sepa demasiado sobre mí. Para mí todo esto es arte, no
soy yo intentando ser la chica rara que se pone una araña en la boca. Me importa más el arte que cómo me muestro yo. Los videos y el disco
tienen mucho humor, así que no hay que tomarlos tan en serio. Mi música no es tan seria. Me encanta que haya humor en mis canciones. No
soy una persona seria”.
Un último eslabón que hace de ella un fenómeno redondo mucho mayor: su irreverente y personalísimo estilo de vestir. Sudaderas y pantalones oversized, colores neón, estampados llamativos, accesorios audaces y extravagantes y casi siempre zapatillas de ediciones limitadas. La cantante elige la mayoría de prendas de estilo masculino y mantiene una estética con tintes urbanos, punks y tomboy muy poco convencionales.
A la espera de lo que depare el futuro, el presente es suyo, y este año para conformar la magnitud de su fenómeno, tiene ya a cuestas una enorme gira mundial y la atención de los medios por delante. “Mi prioridad es no hacer la misma canción una y otra vez. Y con este disco el objetivo principal era ese. Lo último que quería hacer era un proyecto en el que todas las canciones fueran iguales, así que me enfoque en hacer que cada canción sonara completamente distinta a las
demás. Pueden estar juntas pero suenan totalmente distintas. Si lo escuchan de principio a fin es un grupo de moods distintos, de influencias e inspiraciones varias, el reto era conseguir una obra artística que fuera coherente”, finalizó satisfecha. Larga vida la nueva reina adolescente.

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