Kassim Vera
Si existe algo notorio en México es la poca relación que la industria tiene con la profesión del Diseño Industrial. Como sucede con las relaciones entre las personas, el amor puede complicar las cosas. Stendhal, plantea que dos personas que conforman la pareja pueden cristalizar al ser amado; es decir, asignarle cualidades y atributos que aquel no tiene realmente. Eso mismo es lo que le sucede al estudiante de diseño industrial, que también cristaliza a la industria mexicana, que la idealiza a partir de su formación como diseñador de producto, y espera de ella una apertura que no existe y una tecnología que finalmente resulta escasa.
Al mismo tiempo, la industria suele cristalizar al diseñador en México al creer que es un individuo cuasi-robot con posibilidad de manejar seis programas diferentes durante ocho horas seguidas; ve en el diseñador a una persona capaz de mejorar/optimizar la producción (en algunos casos, simple maquila) con sencillos cambios que no deben alterar la cadena productiva y deben tener un resultado económico inmediato. La industria ve al diseño como un gasto, un lujo que solo empresas de gran capital con mercados de poder adquisitivo alto pagan.
Las dos partes, diseñadores e industria, se cristalizaron mutuamente para luego darse cuenta de que en realidad el otro no tenía las cualidades imaginadas, dando lugar a una suerte de separación; que es el tema de este ensayo.
Habría que conocer las causas de esta separación que hoy continúa, pero que a los dos involucrados poco importan, pues han seguido caminos distintos. Arturo Treviño, en Globalización y escuelas de diseño industrial 1, ayuda a comprender el por qué de la ruptura al mencionar que en la década de los años 1970, el gobierno mexicano limitó la importación de productos pero la industria nacional no se desarrolló, al notar que el mercado mexicano tenía los productos nacionales como única opción de compra. La industria vio aquello como oportunidad de negocio a corto plazo y con miras al desarrollo únicamente económico. En el momento en el que el mercado nacional requirió de productos más avanzados y de mejor calidad (como los extranjeros), la industria mexicana se había quedado atrás, lo que obligó al gobierno a abrirse de nuevo a la importación. A los grandes capitales nacionales les resultó más sencillo volverse distribuidores y dejar de ser productores, continuando así con la generación de ganancias fáciles. El diseño industrial, una disciplina que gira en torno a la innovación, se las ha visto difíciles desde entonces en un país con una industria que no ve como negocio la innovación y el desarrollo de nuevos productos.
No parece necesaria una reconciliación que convierta a la industria mexicana en la nueva industria del diseño a la Milán o que democratice los bines de uso, a la IKEA. El diseñador industrial mexicano debe buscar la democratización del diseño, no sólo los objetos. El diseño es una disciplina capaz de aportar más allá del objeto, viendo en su materialidad un medio y no un fin. El diseñador actual debe prescindir de figurar en escenas que no generan beneficio social ni valor cultural (lo mismo que se critica de la industria masiva). Debe ahondar en los alcances y fines del diseño para volver más útil el entorno artificial (bienes y servicios). Debe, más que buscar una reconciliación con la industria, conocer, generar y proponer nuevos esquemas de trabajo con diversos entes —no sólo con la industria de la manufactura—, ampliar el campo de estudio y generar conocimiento, contextualizar el diseño para beneficiar a quien de verdad debe servir nuestra actividad: la sociedad.

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