Alvaro Nathal

Más de dos mil almas ansiosas de metal esperaban frente a un escenario sencillo, un gran muro con 17 cerebros y 26 bocinas Marshall, una batería y una base con un teclado conformaron la escenografía del Teatro Diana, suficiente para hacer lucir a uno de los guitarristas más espectaculares de la actualidad. Fue poco mas de las 9 pm cuando la ausencia de luces del recinto anunciaron el inicio del ritual. Una magnifica introducción orquestal fue el preámbulo a la explosión sonora del muro de amplificadores, Rising Force fue la bienvenida, todos de pie, puños arriba y la piel erizada, la ceremonia había comenzado. Vestido fiel a su estilo, una camisa y pantalones negros de piel, con botas texanas y en buena condición física, Yngwie Malmsteen manipulaba su inseparable Fender blanca, llevando de lado a lado los acordes que de ella se desprendían. Acompañado por Nick Marino en el teclado y Ralph Ciavolino en el bajo, quienes también hacían voces y coros nunca dejaron que el ánimo decayera, Yngwie siempre sonriente y dispuesto a dejarse consentir por el público tapatío con quien mantuvo comunicación constante. Un set muy bien llevado con la inclusión de un solo de guitarra acústica desprendió sonoros aplausos, caras sonrientes tanto en el escenario como en las butacas confirmaron el éxito de la noche. El cierre espectacular a cargo de I’ll See the Light Tonight nos dejo la grata experiencia de ser testigos presenciales de un verdadero monstruo de la guitarra, el iniciador del metal neoclásico y una leyenda en la historia de la música.

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