Cultura

Dos disidentes y un “macho esteta”

Written by HectorAra

Aldo Fulcanelli
Qué gran foto. Un encuentro que tal vez, sería inconcebible a no ser por al flashazo inconsecuente de algún reportero de espectáculos. Uno, Cuevas, tachado de “pinta monos” por la salvaje crítica de su tiempo. El otro, Fernández el “viejo empistolado” que anduvo en la revolución, y luego ordenó a Figueroa que persiguiera cielos abiertos, cactus y rostros angulosos de damas criollas. Monsiváis, el del extremo, fue el escritor de la pluma inclemente, feroz contra lo rancio e inerte de una sociedad plena de corsés y cilicios, la voz grave como los temas que diseccionó literariamente. Cuevas usó el lápiz como si se tratara de la calibre 38 con la que “atentó” contra la anquilosada plástica del “nacionalismo revolucionario”, exhibiendo con su lápiz/bisturí, las vísceras de aquellos engendros, a los que esa misma revolución no hizo justicia. El “Indio grande”, llevó a México a Cannes y Venecia, de la mano una lente gloriosa y unos guiones que exaltaron el nacionalismo, hasta la heroicidad. Monsiváis, con su lengua hispana “muy a lo Quevedo”, cercenó el cuello de aquellos que hasta la fecha siguen sin querer oír, construyó míticas charlas de café, o de estudio de televisión, o de paso por el zócalo, radiografiando las imágenes insólitas de la gran ciudad. Los tres exhibieron su propia mexicanidad: Cuevas, la mexicanidad infrahumana, la de los restos como egregores que emergen sin consentimiento de las catacumbas urbanas. “El Indio”, al México autocomplaciente y exótico que se fue desmoronando después del alemanismo, de los cachorros que se quedaron sin su revolución. Monsiváis, captó con su pluma los rituales o las contradicciones de una sociedad, la nuestra, con todo y la incomprensible asimilación de lo macabro, lo ridículo, e incluso lo violento. Dos disidentes y un macho empistolado al que dicen “no le gustaban las rarezas modernas”, el mismo que lloraba en público ante los rostros de María Félix o Dolores del Río, y escribió fragmentos de sus películas en restos de servilletas. Los tres, aunque diferentes, salieron al mundo a su manera, mostrando un mucho de lo que somos, mostrando los tres el rigor, la pureza de lo deforme, lo inconsecuente de una estética gloriosa pero falaz, o la palabra escrita y dicha de la sátira al ensayo profundo. Aquí tenemos a dos disidentes y un “macho esteta”, dos aventureros olfateadores de lo femenino, y a un tercero transfigurado en sus letras.

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HectorAra

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