Aldo Fulcanelli
México.- Los medios internacionales, dan cuenta de la develación de una estatua en honor de Porfirio Díaz Mori, a cargo del alcalde de Orizaba, Juan Manuel Diez Francos. La sola noticia provoca escándalo, pues cegado por la emoción, el edil priísta obvió la famosa rebelión de Río Blanco, que tuvo lugar a solo kilómetros del acto, y donde el gobierno comandado por Díaz, sofocó la revuelta con un saldo sangriento. El que se erigiera una estatua, bajo el fundamento de que “Díaz fue un gran patriota”, fue tomado como un acto de provocación, y como una decisión sesgada de un alcalde que olvidó que gobierna para todos, y que a todas luces piensa que entre lo público y lo privado, no existe mucha diferencia. Como quiera la inconformidad por el desatino, tuvo alcances más que públicos internacionales, pero Diez Francos ni se inmutó, siguió adelante con su lacónico discurso, digno de un lunes cívico.
Algo similar ocurrió en el Reino Unido, donde el Embajador de nuestro país en aquellos lares, Diego Gómez Pickering, en el marco del acto por el Grito de Independencia, hizo mención a pecho abierto del nombre de Porfirio Díaz, en una multitudinaria exhibición de ignorancia, pues no solo fue él quien cometió el garrafal error, sino también los numerosos mexicanos presentes en el lugar, que corearon vivas al por mayor. Lo anterior podría tratarse de un hecho chusco y hasta divertidamente ligero, pero en realidad exhibe la enorme falta de respeto de los funcionarios públicos hacia la ciudadanía que debieran representar, y a la que recetan toda clase de conmemoraciones, de corte exuberante. La pasión por don Porfirio, el amor o la nostalgia por el tiempo que vivió de parte de un segmento social, es algo que a la mayoría de los mexicanos debiera preocupar, y que exhibe nuevamente una conducta atávica, amenazante en todo su contexto; la insatisfacción por el tiempo que vivimos, y el retorno, de cíclicos matices, hacia un pasado donde las libertades y derechos de las personas fueron duramente violentados, en aras de un progreso que hasta el momento, sigue siendo objeto de interminables deliberaciones históricas.
No son pocas las voces que piden hoy, que los restos de Porfirio Díaz retornen a nuestro país de su largo destierro. Sin embargo, hay quienes ven esa posibilidad no solo de un contexto a todas luces reivindicativo del personaje histórico en cuestión, sino además un hecho simbólico, mucho más profundo: el retorno de la arbitrariedad, el culto a la personalidad y el ensimismamiento en la forma de gobernar a un país, que buscó hace mucho tiempo la emancipación de un poder arbitrario.
Nadie discute los innegables logros del porfiriato, exaltados por el periodista James Creelman, en la célebre entrevista que le realizara al dictador, y donde llamara a este último “el héroe de las Américas”. Sin embargo, nuevamente el contexto provocador de quienes promueven el neoporfirismo queda de manifiesto. No podemos obviar que las guerras y luchas intestinas en nuestro país, han sido aderezadas al calor de un fanatismo entreguista, como el que manifestaron los integrantes de aquella tristemente célebre “comisión de notables”, que en el año de 1864, visitaron en el Palacio de Miramar a Maximiliano de Habsburgo, para ofrecerle en bandeja de plata el trono de México. Los empresarios, militares y hasta un religioso que integraron la comisión, estaban claramente inconformes con la situación de nuestro país, y conmovidos por los intereses, aunados a una rancia vocación por todo lo que oliera a monarquía, decidieron que un extranjero, en complicidad con otros más, gobernara nuestro país retrocediendo a un pasado abyecto.
Recibir con loas a un muerto, erigir monumentos en su nombre, continuando con la vieja tradición conmemorativa de nuestro país, resultaría de un retroceso funesto, acorde con la más vieja de las supercherías y dígase claramente, también la más costosa, aquella que propone “que un ser del pasado tocado por la mano de dios, volviera poniendo fin a nuestro ancestral padecer”, a la manera de un Quetzalcóatl, que nada tiene de místico.
La propuesta de que “algo más nos salvará”, de fondo pareciera que busca abortar la necesidad de una nación por decidir realmente su devenir social, encontrarse con su presente y así definir su identidad.
El antiporfirismo, que se fortaleció luego del triunfo de la Revolución Mexicana, sirvió a los gobiernos de la posrevolución como símbolo eterno de crueldad, que bajo ninguna circunstancia podría llegar a repetirse, según los postulados de esos mismos gobiernos. La imagen de Porfirio Díaz, colgada en las añejas paredes de las familias conservadoras, fue utilizada como una muestra de oprobio por los ideólogos de la revolución, que agotaron hasta la saciedad la idea del porfiriato–dictatorial, como una amenaza latente de inaceptable vuelta al pasado. Pero lo más paradójico de todo esto, es el advenimiento del neoporfirismo, como una revaloración del papel económico y político de aquel régimen, que para muchos admite hoy una oportunidad. Mientras el neoporfirismo se fortalecía a partir de los años 1990, la caducidad de los ideales promovidos por los teóricos de la Revolución Mexicana se desplomaban, y eran los propios emisarios de la vieja revolución inconclusa, los que se daban el “balazo en el pie”, por así decirlo; ahí la gran paradoja. Dicho neoporfirismo, encontró rotundas coincidencias frente al neoliberalismo del salinato. La inversión extranjera, la apertura del estado y la privatización frente a la nacionalización, son algunos de los puntos en común, de ahí que durante el gobierno de Salinas de Gortari, se buscó que la figura histórica de Porfirio Díaz, recobrara claramente un prestigio frente a la opinión pública.
No está de más decirlo el PRI, heredero del PNR, y el PRM, depositario del gran poder estructural de la Revolución Mexicana, se convirtió en todo aquello a lo que alguna vez se opuso de manera sistemática. Un partido cercano a las élites del poder económico, promotor de reformas consideradas de gran calibre, que a la “muy larga”, beneficiarían al tejido social, siempre en espera de un cambio de fondo, repetido machaconamente hasta la saciedad. Hoy el PRI, no podría ser más neoporfirista, cuando tenemos entre otras señales, la imagen de un Presidente de la República que desde la más alta tribuna en la ONU, se dedica a advertir de los peligros de lo que él llama “populismo”. Bajo esa perspectiva, parece muy cercana la voz cascada del viejo dictador mexicano, explicándole a Creelman, en aquella antigua entrevista “que estaría listo para dejar el poder, en el momento en que la sociedad estuviera preparada para su ausencia”, palabras más, palabras menos. El PRI de hoy a la manera del porfiriato, representado quiérase o no en la investidura del Presidente, seguiría pensando que la sociedad no está lista para decidir libremente su forma de gobierno, y todo aquello que amenace esa postura, por demás retrógrada, es una muestra de populismo para el PRI; idea tan rígida como disparatada.
Para el escritor Francisco Martín Moreno, Porfirio Díaz fue un golpista, “y un ejemplo de lo que no debe hacerse en México”. Martín Moreno va más lejos, al insistir que “quienes tienen nostalgia por don Porfirio, están perdiendo de vista quién era ese sujeto, y en qué contexto se movió”. De manera reiterada, el escritor agrega que permitir o aceptar la repatriación de los restos de Díaz, “sería un atentado contra la nación”, por la clara deuda del personaje con las libertades censuradas durante su régimen, y las rebeliones sociales aplastadas de manera violenta, entre otros temas y rezagos.
En un contexto más interesante, el escritor Paul Garner, establece un juego de equilibrios al respecto de la controversial figura de Porfirio Díaz. Para el autor de, Porfirio Díaz, del héroe al dictador: una biografía política, el neoporfirismo bajo la sombra del revisionismo actual, tiende a transformar la personalidad de un dictador de diabólico a benévolo, buscando un espacio para su figura histórica, “en el panteón de los héroes nacionales”. Asimismo, los vínculos entre neoporfirismo y neoliberalismo como proyecto político identificadas hace tiempo, estarían distorsionando la calidad histórica de la época de Díaz. Tal vez la postura de Garner, estaría de algún modo invitando a apreciar a Díaz a la distancia como lo que fue, primero un personaje central en la historia de nuestro país, de evidente protagonismo en la vida nacional de su tiempo. Luego, una figura vilipendiada a manos de la Revolución Mexicana, y después, pretendidamente reivindicado por los promotores del neoliberalismo. Objeto de culto en uno u otro sentido, y símbolo de la incapacidad de un país, por reconciliarse con su pasado.