Cultura

Guillermo del Toro: Mexicano de oro en Venecia con La forma del agua

Written by HectorAra

Enrique Alonso Cervantes
“Los monstruos son criaturas evangélicas para mí. Cuando era un niño, los monstruos me hacían sentir que podía encajar en algún sitio, aunque fuera un lugar imaginario en el que lo grotesco y lo anormal fuesen celebrados y aceptados. Cada vez que cruzo las aduanas de inmigración, para mí es como estar en El expreso de medianoche”, indica satisfecho Guillermo del Toro, quien está en su mejor momento. Acaba de ganar el León de Oro en Venecia por su cinta, La forma del agua, que a su vez está siendo recibida con las mejores críticas y halagos. La película tiene aún un largo recorrido que hacer en diversos festivales antes de que llegue a las salas del cine comercial, pero ya es uno de los proyectos más esperados del año que seguramente estará presente en las próximas premiaciones. El León de Oro es el premio máximo entregado en la Mostra de Venecia, uno de los festivales más importantes en el mundo del cine.
Del Toro (Guadalajara, Jalisco, 1964) siempre ha sido un director que gusta de enfocarse en los temas monstruosos para resaltar que la perturbación de estos seres sucede porque el hombre es más peligroso, aterrador y asustadizo que estas mismas criaturas. El director mexicano siempre ha logrado un equilibrio entre la fantasía, lo terrible y lo humano en sus películas, por lo que es uno de los grandes exponentes del género fantástico. Esto lo ha logrado porque él mismo se siente mucho más identificado con los monstruos. Desde principios de los años 1990, el director está embarcado en la creación de esos mundos, en los que ambos, él y los monstruos, sean considerados como iguales.
En Venecia, no solo fue aceptado, sino también celebrado. La forma del agua, su nueva fábula sobre el amor, las diferencias y la eterna intolerancia del ser humano hacia los otros, se llevó el premio como Mejor Película en su 74 edición. La aceptación ha llegado con otra forma de monstruo: un león alado. “Sentí que estaba fuera de lugar desde que era muy pequeño. Estoy hablando de cuatro años de edad. Veía estas criaturas y pensaba: ‘Yo soy así. Yo soy eso’. Una Navidad tuve una cicatriz que no quería que sanara, para tener mi cicatriz como Frankenstein. Cuando el intérprete es grandioso, como lo fue Boris Karloff, que aportó mucha vulnerabilidad a su papel, tienes esta paradoja en la que en esta cosa a la que deberías de temer le encuentras compasión y amor. Y eso es esencialmente lo que yo hago.
La forma del agua, es su primer premio en un gran festival ajeno al mundo fantástico desde que en 1993 se empezó a hacer de un nombre en Cannes con Cronos. Por aquel entonces, Del Toro ya se descubría como un renovador del terror con un conocimiento enciclopédico del género. También como un director que difícilmente podría trascender los circuitos de lo fantástico. Orgulloso de su condición como mexicano en un momento en el que la industria del cine no habría sus puertas con tanta despreocupación al creador de mundos personales y perturbadores. No parecían las mejores condiciones para convertirse en un director respetado dentro de una industria despiadada, pero para entonces Del Toro ya estaba acostumbrado a ser diferente. “Aunque se haga en el vacío, el arte siempre es un acto político. El acto más grande de amor que existe es el de ver; hacer visible a una persona. Cuando yo te veo, existes. Y si no, estoy negándote que existas, que es lo que pasa cuando niegas a alguien por su raza, religión o identidad sexual. Cuando niegas, destruyes”.
No es casualidad, por lo tanto, que La forma del agua, llegue en el mismo momento que en Estados Unidos un presidente, nacionalista e impulsivo, quiere imponer un muro entre ambos países. “Vivimos en una época en la que el uno por ciento ha creado una narrativa en la cual ellos no tienen la culpa de nada. Los culpables son los otros, los mexicanos, las minorías, los que vienen de fuera. Es una película muy política en la que aparece el racismo, el sexismo, el clasismo, que se vivía entonces. En mi opinión no hemos progresado mucho como sociedad. Nos dicen los políticos todo lo que nos hace diferentes, lo que nos separa, no lo que nos une, y a mí me interesaba muchísimo enseñar el poder del amor, que no tiene forma”.
Su respuesta a dicha situación ha llegado de la única manera en la que podía hacerlo: con una película de género que traspasa las convenciones. En La forma del agua, vuelve a haber un monstruo: una criatura anfibia recluida en un laboratorio del ejército estadounidense en plena Guerra Fría (1962). Una limpiadora muda (Sally Hawkins) que se enamora de ella en una fábula imposible que habla asimismo de un mundo posible. Del Toro es experto en explotar atmósferas que son a la vez bellas y aterradores. Sus películas han buscado explorar el lado oscuro del hombre y el lado bello de los monstruos, además del punto medio en el que ambos pueden encontrarse. “Tengo 52 años, peso 130 kilos y he rodado diez películas. Pero hay un momento en la vida de todo narrador en que lo pones todo en riesgo para hacer algo diferente. Se lo dedico a cualquier director mexicano o latinoamericano que sueñe con rodar algo en el género fantástico como parábola y esté enfrentado a alguien que le dice que eso no se puede hacer. Sí se puede”, señaló orgulloso Del Toro al recoger su premio en Venecia.
Con La forma del agua, Del Toro tomó de nuevo ese riesgo y, una decena de películas después, un jurado selecto, en uno de los festivales de cine más importantes del mundo, le han dicho que él y el cine fantástico ya no son los otros, sino que por fin está entre iguales. La cinta de Del Toro, que algunos han comparado, por su carácter de cuento de hadas para adultos, con El laberinto del fauno, que rodó en España, mezcla, con maestría, fantasía con oscuros hechos históricos, en este caso la Guerra Fría, el asesinato de Kennedy, a principio de los años 1960. El personaje central, Elisa, mujer de vida gris, sordomuda, empleada de limpieza en un aislado laboratorio de alta seguridad instalado por el gobierno estadounidense para desarrollar experimentos de defensa y ataque ante una posible guerra con la Unión Soviética. Su oscura existencia cambiará cuando junto a su compañera de labores Zelda, descubra un inquietante experimento secreto, con una criatura anfibia y humanoide traída del Amazonas.
Del Toro ganó el León de Oro en su primera participación en Venecia con una preciosa historia de amor. Protagonizada por Sally Hawkins, Michael Shannon, Richard Jenkins y Octavia Spencer, la estética de cuento y el estilo fantástico del director mexicano están envueltos por una perfecta ambientación en la que está cuidada hasta el más mínimo detalle. Con un particular universo lleno de fantasía y criaturas extrañas, Del Toro es uno de los realizadores más respetados y como guionista ha participado en la creación de películas como la trilogía del Hobbit, dirigida por Peter Jackson (El Señor de los Anillos), que en principio iba a dirigir el director mexicano, pero por cuestiones de agenda ya no pudo continuar en el proyecto. “¿Por qué realizar una película ahora sobre la Guerra Fría? Lo que pasó entonces es lo que ocurre en estos momentos. La película no es de época. No trata de 1962, que es cuando se localiza, sino de ahorita. Es un antídoto contra el trumpismo; es una película enamorada del amor. Quiero celebrar la pureza, no la inocencia, porque es fundamentalmente humanista. Todos los problemas de entonces, son los de hoy”.
Del Toro, cuenta con una nominación al Oscar como Mejor Guión por El laberinto del fauno (2006), película que se hizo de tres estatuillas doradas, Mejor Maquillaje, Mejor Dirección Artística y Mejor Fotografía, además de un Globo de Oro y un Premio BAFTA (Reino Unido) como mejor cinta. Asimismo ha dirigido: Cronos (1993), Mimic (1997), Blade II (2002), Hellboy (2004), Hellboy II (2008), Pacific Room (2013), La cumbre escarlata (2015) y El espinazo del diablo (2001). “Si consigues premios es genial, pero lo importante es que cuando los ganes sea por algo totalmente personal, que no hayas tenido que modificar tus ideas para conseguirlos. Que sea por tu pureza y tu fe. Tanto si te aplauden como si te abuchean, lo importante es que seas honrado en lo que quieres hacer”, finaliza agradecido.
Así, cada época tiene sus monstruos y la nuestra, con sus evidentes dudas e incertidumbres, los posee a todos ellos. Guillermo del Toro lo sabe. Se sabe el indicado para, desde la visión de un monstruo, llevarnos por un viaje imaginario, libre de ataduras y reglas, hacia una realidad distinta, hacia un futuro diferente, más allá del tiempo y espacio. Al final del cuento, el engendro que se refleja, temeroso, ante el espejo roto, somos nosotros mismos. La forma de agua se estrena en nuestro país el 12 de enero de 2018.

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