Aldo Fulcanelli

28 de septiembre de 2019, los medios de comunicación informan que ha fallecido el intérprete José José, muy lejos ya de la voluntariosa mirada pública que lo diera por muerto en más de una ocasión. Pero cómo habría de morir la voz que entonó a la manera de una epopeya idílica, aquel pequeño cuento amoroso con duración de tres minutos cuarenta y dos segundos que insistentemente ha repetido:
Anda y ve, te está esperando
anda y ve, no lo hagas por mí
que al fin y al cabo, somos solo amigos
anda y ve, te veo nerviosa
anda y ve, y que sientas con él
lo que en su día tú sentías conmigo.
En aquel año de 1983, con tan solo cinco años de edad, desconociendo a cabalidad las afecciones provocadas por el contagio del amor certero, recuerdo haber visto a mi madre (¿en sueño o epifanía?) cabalgando sobre el mundo en un caballo blanco, mientras ella, lejos ya de cualquier fantasía me explicaba en vivo y a todo color, reiterativa como ha sido siempre, cada una de las frases de la canción:
Pero lo dudo, conmigo te mecías en el aire
volabas en caballo blanco el mundo
y aquellas cosas no podrán volver
y es que lo dudo, porque hasta veces
me has llorado con un beso,
llorando de alegría y no de miedo,
y dudo, que te pase igual con él, igual con él.
En ese momento, abrí mis grandes ojos de niño sin imaginar acaso que alguien pudiera llorar de alegría, y el miedo, el miedo era la inmensidad de un universo flotante donde la plenitud se recuerda como un viaje de tres minutos y más, pero ¿Quién era él? A fuerza de escuchar (involuntariamente) aquel acetato que giró una y otra vez sobre el tocadiscos que arrancaba suspiros, comprendí que “él”, era un ignoto príncipe al que mi madre esperó cosiendo sobre una máquina Singer como una Penélope del siglo XX. Como era de esperar el príncipe no llegó y su lugar fue ocupado por un caradura, pero la máquina Singer sonó hasta que pudo, compitiendo en protagonismo con aquel tocadiscos Ipanema que de niño me presentó a José José. Me lo presentó para que yo conociera por vez primera los efectos misteriosos de la nostalgia, aquella que nubla los parajes dorados de la infancia y el tiempo no pasaba en aquel pequeño patio lleno de sol, donde reinaba una mecedora tejida a mano.
1970, aquel joven ¿imberbe?, emerge del estudio de televisión, entre el brillo de las luces y el sonido tras bambalinas de la orquesta, en vivo, de José Sabre Marroquín. Su exquisita voz hace honor al título de la canción que cinco años antes popularizara el propio autor Claire Fisher: “Morning”. Aquella melodía de letra amable y acompañamiento insidioso, adquiere las maneras suaves de un vino digestivo en la voz del novel intérprete de 22 años, que en breve demostrará su afición por disolver los compases ante el influjo de una poderosa técnica vocal. Dueño de espacio y tiempo, su voz se apelmaza dentro del oído interno arrebatándonos ante los acordes de la trompeta con sordina que la orquesta deja escapar, como si el estudio de televisión al que he viajado por obra de la ensoñación, fuera de pronto la sede de un imperio gobernado por el influjo atronador de la espontaneidad. Para la posteridad quedan las imágenes del mismo año, desde el II Festival de la Canción Latina, donde entonando la balada de José Cantoral, “El triste”, y bajo la dirección, otra vez, del maestro José Sabre Marroquín, provocó casi la combustión espontánea de una audiencia histérica ante aquella estrella naciente que extrajo de su voz todos los recursos posibles: entonación, un delicioso vibrato de acrobacias aéreas, media voz pletórica y una potencia que de aquella lúcida garganta, emergió para atrapar la atención de los enloquecidos presentes, quienes lanzaron flores, literal, ante los pies de aquel joven impecablemente vestido que comportándose como un grande, mantuvo el control desde el verismo de una señorial actuación.
Pero en 1983, mi madre infectada por el mal de amores, se empeñaba en presentarme a una pléyade de héroes provenientes de un singular Parnaso: Emmanuel, José Luis Perales, Rocío Durcal, Raphael, cantantes que combatieron el silencio desde el fragor de una nostalgia contenida en canciones, canciones que hablaron de la tortuosa espera que sufren los enamorados, mientras yo, todavía un niño, me debatía entre la prematura influencia de la novela clásica ilustrada, y las canciones de mamá repetidas por ella letra por letra, amén de su infaltable explicación histriónica. Entre el recuerdo del viejo teléfono de cordón de ring ring aterrador, los pósters promocionales del best seller, la imagen de los cacahuates y las cubas en las reuniones familiares, viene a mí la voz de José José acompañándome desde la muda de dientes hasta la adolescencia: “El amor acaba”, “Voy a llenarte toda”, “Lágrimas”, “Volcán”, “Lo que un día fue no será”, sempiternas canciones por obra y gracia del Espíritu Santo. Antes de conocer el Himno Nacional, los salmos, el amor o el sexo, sabía, sin entender plenamente, que era aquello de volar de un cielo a otro dejando abierta una jaula, para esperar “que otro gorrión caiga”, metáfora perfecta del amor extinto escrita por el dilecto José María Napoleón. Los años me mostraron quién era el señor vestido de smoking que desde la portada de los discos me miraba con la parsimonia de un querido familiar. La historia me enseñó que aquel denodado intérprete, José José, lo había logrado todo antes de ser vencido por las terribles consecuencias de la adicción al alcohol y las drogas: más de cien millones de discos vendidos, más de un centenar de discos de oro y platino, el Premio Grammy Latino (2004), el Premio Grammy por su trayectoria (2005), una Estrella en el Paseo de la fama de Hollywood, la emblemática satisfacción de haber abarrotado Las Vegas, el Madison Square Garden, y sus legendarias actuaciones en el centro de espectáculos El Patio.
Pero más allá de lo anteriormente escrito, se encuentra la gloria de haber logrado penetrar en la memoria emocional de un país, hasta convertirse en un icono de la cultura popular prácticamente en toda América Latina a partir de sus canciones, canciones interpretadas con el alma y desde el corazón de un artista forjado en los escenarios. Manuel Alejandro, Rafael Pérez Botija, Rubén Fuentes, Dino Ramos, Armando Manzanero, José María Napoleón, Juan Gabriel y Chico Novarro, son algunos de los emblemáticos autores de aquellas canciones de José José, que se han convertido en parte del abrevadero sentimental de nosotros los hispanos. Los arreglos y dirección de músicos como Chucho Ferrer, Eduardo Magallanes, Mario Patrón, Enrique Neri o Tom Parker, contribuyeron a enaltecer el talento del artista que supo interpretar lo mismo baladas de muy exitosa manufactura, que imprimir su estilo personalísimo a los boleros de artistas consagrados como Vicente Garrido, Alvaro Carrillo, Consuelo Velázquez o Raúl Shaw Moreno.
Junto con el aroma a naftalina de un closet repleto de cajas con libros, álbumes saturados de inconfesables secretos de familia y un sobrecogedor mapa de la vía láctea, desde el recuerdo de aquella infancia en la que brilló el poder vital de los primeros años, llega a mí, con la sola evocación del nombre José José pronunciado a la manera de una poderosa clave emotiva, el rumor de la canción “Aléjate”, ensanchando con su poder melódico el corredor de aquella casa larga de tres habitaciones y un estudio que aún vive en mi memoria. Una casa con tres patios por donde el sol gritaba, un librero rico en novelas, y un mueble de madera que al abrirlo tenía en su interior los álbumes de José José, El Príncipe de la Canción, el tío, esposo, amigo, compadre de todos los hispanos, el señor de la mirada familiar de las portadas, el de la voz que amamantó nuestra nostalgia.

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