Patricia Bañuelos
Año 1962. Una criatura anfibia (Doug Jones) ha sido capturada por el Coronel Richard Strickland (Michael Shannon) en el río Amazonas y está cautiva en un laboratorio del gobierno de Estados Unidos en la era de la Carrera Espacial. Elisa (Sally Hawkins), una chica muda que trabaja como afanadora en el laboratorio, se siente identificada con la criatura y comienza a entablar con ella una extraña relación.
Por palabras propias del director tapatío sabemos que esto es un cuento de hadas, pero no vaya a usted a pensar que esto se trata de La bella y la bestia tal cual y corra a llevar a sus niños a verla. Este es una historia de amor entre dos criaturas del abismo, que están tan lejos del puritanismo como de las perversiones, es la cinta más sexual de Guillermo del Toro hasta ahora.
Al inicio de la cinta el narrador  nos habla de un cuento en donde existe una princesa sin voz y un monstruo que intentó destruirlo todo. Sin embargo, esta historia requiere de más de dos personajes para tomar sentido. Todos y cada uno de los involucrados carecen de la característica de ser fortuitos, es decir, cada uno representa un tema crucial en la historia. Súmele a esta lista dos personajes más si agregamos el momento histórico y la música.

Del Toro no puede evitar su lado político, con su momento histórico señala lo que representaba Estados Unidos en esa época, que si lo piensa tantito, no dista mucho de lo que es ahora. Hace hincapié en la discriminación en todas sus formas: por apariencia, color, sexo, orientación sexual y hasta por posición social o laboral. Lo cual se le aplaude como una crítica social actual de toque sutil y con mucha gracia.
La banda sonora de Alexandre Desplat es mágica, irremediablemente nostálgica, aunque no predomina como en un musical tipo La la land, da lo suficiente para sobresalir en la historia. Sus pequeños números musicales caseros, se vuelven personales y nos enganchan sin remedio, llenan la película de emotivos momentos.
No tengo todos los detalles técnicos para hablar del monstruo protagonista, pero si en algo es bueno Del Toro, es en la creación de estos personajes fantásticos, y lo hace de una manera, digamos, artesanal. Los crea sobre sus actores, en este caso Doug Jones (Abe Sapien en Hellboy). Más que recurrir a las imágenes por computadora o a los escenarios y personajes virtuales, se apoya en su equipo de maquillistas y diseñadores, aunando a este mérito la paciencia de sus actores para aguantar por horas la caracterización.
La forma del agua saca a flote del pantano a Guillermo del Toro con esta amalgama de crítica social, romance y música. Sus extrañas criaturas no necesitan palabras para comunicarse, se hablan, cantan y enamoran a través de la piel y a pesar de sus escamas. Del Toro convierte a las emociones en un lenguaje, a la poesía en imagen y al instinto animal en una inocente, pero pasional y fantástica historia de amor de tonos verdosos.

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