Cultura

Lola la Grande

Written by HectorAra

Aldo Fulcanelli
Por su portentosa voz, considerada uno de los grandes aportes musicales de la música popular latinoamericana del Siglo XX, María Lucila Beltrán Ruiz, mejor conocida como Lola Beltrán, alcanzó desde México la celebridad internacional de la mano de un estilo de interpretar que ameritó grandes dosis de mascullante histrionismo. De Bellas Artes al Olimpia de París, los conciertos de la Beltrán eran auténticas jornadas al enaltecimiento, más que de la cultura vernácula, a la supervivencia frente a las adversidades de un destino por demás incierto. Por una extraña razón hasta ahora no aclarada del todo, independientemente del idioma o la nacionalidad del público ante el cual la grande Lola cantó, este comprendía o parecía comprender el dolor, la indiferencia, o la alegría contenida en sus canciones, aunado al acompañamiento más que gallardo del sugestivo mariachi, que ya demostró ser irresistible en cualquier latitud de nuestro planeta. Muchas de las actuaciones de Lola Beltrán fueron de antología, casi rituales desde el centro de un escenario donde los elementos de la parafernalia, fueron el acento bravío desde la profundidad de una garganta que no requería micrófono para manifestarse, la tradicional vestimenta, un cuerpo, una voz, que más que cantar se apropió de la canción, se envolvió en sus letras para encenderse en llamas con ella misma. Lola no cantó, conoció las canciones, las vivió, también las dibujó para acentuarlas en el aire con aquellas célebres manos de maja latinoamericana, que desde México hasta Europa provocaron un permanente frenesí, sus actuaciones en vivo fueron el más vivo ejemplo de que un artista es el instrumento que a cierto tiempo del performance, se diluye en el aire con las notas, negando su mortalidad mientras se va reafirmando en el poder del arte.
De secretaria a cancionera, de la anónima María Lucila a Lola, del autocomplaciente desprecio por la canción ranchera por parte de las clases altas, a la pirotecnia de los grandes escenarios del mundo a donde Lola elevó aquella voz, cuyo emotivo desgarre hacía rememorar la garraspera del tequila sin concesiones o matices, que permitieran dudar siquiera del ufano poder curativo del mariachi tripulado por Lola, la cancionera que se casó con un torero, pero que aprendió los secretos de la lidia mucho antes, cantando las canciones un tono arriba de lo previsto, expandiendo la prodigiosa voz al ritmo entrecortado de un huapango muy hechicero que incita a Dios (el juez de plaza invisible), a conceder oreja y rabo, mientras el público semi infartado, lo celebra con polifónicos vítores. Lola, vestida de negro, con un tocado que la pinta como a una sollozante macarena, aparece en el escenario, flotando como una llorona mestiza que en lugar de añorar a sus hijos, clama por los amores idos, también los recuperados y hasta los imposibles, o los que nunca volverán pero ya que importa, si desde aquella garganta sublime como la suave patria brotan: “Cuatro caminos”, “Huapango torero”, “La noche de mi mal”, “Paloma negra”, “La cigarra”, “No volveré”, mientras que ya la noche se ilumina de procesiones y san judas, redondeles o tal vez alguna pintura de Raúl Anguiano desde donde Lola se fugó con todo y su rostro mestizo de pómulos marcados, ojos hundidos en la cara que sintetizan la fecundidad y por una vez a cada canción, Lola prescinde de la paternidad monopolizada por el hombre para dar a luz sola, en medio del lúgubre escenario y al grito de: “Por eso fue, que me viste tan tranquila, caminar serenamente, bajo un cielo más que azul”.
Retorna Lola desde el tiempo, la indiscutible cronista que le presta el cuerpo a la canción mexicana para exaltar una narrativa musical interminable, donde se entrelazan las añoranzas, los árboles que aguardan expectantes desde las ciénagas, o los caminos que se retuercen a fuerza de una espera que se alarga entre los compases mientras que Lola, se sienta en el piso entonando, “Quiero que mis amigos, sin que se ofendan, me dejen sola”. La noche y el día se recomponen, al igual que la inusitada seducción del mariachi que aporta verismo a una muy cruel afirmación que se transforma en mantra:
“Las piedras jamás… paloma… qué van a saber, de amores”.
“Que una paloma triste muy de mañana le va a cantar,
a su casita sola con sus puertitas de par en par, juran que esa paloma no es otra cosa más que alma… que todavía la espera a que regrese la desdichada”.

La célebre canción bajo el influjo de Lola, se transforma en una auténtica alabanza al mal de amores contenida en 2:52 minutos. La letra, que es una verdadera pinturería por las figuras poéticas que trasladan la supervivencia del amor a imágenes de innegable contexto campirano, es casi incontenible en el compás 6/8 y _.
Luego de la soberbia interpretación a cargo de la mujer que hizo de la actuación musical un verdadero alumbramiento, ya nadie dudaría que nada se destruye, todo se transforma y solo cambia de estado, como ese mismo mal de amores que cobra un sabor agridulce cuando se empuña como un arma sadomasoquista en la voz de Lola, la grande curandera del dolor que no cupo ni en su garganta, y un día sin presentirlo, abandonó su cuerpo para habitar en las insólitas regiones de la inmortalidad.

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