David Marcial Pérez
Un fantasma latino recorre el mundo. La reserva musical de Occidente flojea, el rock blanco anglosajón da señales de aburrimiento y la industria, ese Pantagruel que siempre quiere más, ha encontrado un nuevo filón donde clavar el diente. En realidad, se trata del eterno zigzag del péndulo económico-cultural. De los márgenes, al corazón del mercado. En el siglo XX fue el expolio de lo negro: de la plantación de algodón a las listas Billboard. Ahora le toca a la tradición popular latinoamericana: de la favela a romper Spotify.
“Despacito” ha sido la canción más escuchada del año, los reguetoneros son los nuevos rockeros y a Enrique Iglesias se le ha olvidado la canción ligera del papá y ya solo quiere Caribe. La última prueba del algodón es la entrada al paraíso hipster de los ritmos del arrabal mexicano. Los Angeles Azules, los emperadores de la cumbia chilanga, tocarán esta primavera en Coachella, festival en Indio, California, uno de los más caros, aspiracionales y marquetinianos, donde, por cierto, los tres cabezas de cartel de este año son artistas de rap o r’n’b: Beyonce, The Weeknd, Eminem.
La historia oficial del pop está plagada de sabrosos saqueos, expediciones de nuevos colonos en busca del latido original, apropiaciones culturales para seguir alimentando a Pantagruel. Elvis exprimió y blanqueó en los años 1950 la semilla de rock and roll de Little Richard. En los años 1960, los Rolling Stones primero copiaron a Muddy Waters y luego redescubrieron a los estadounidenses la fuerza magnética del blues. La música africana se convirtió en los años 1970 en algo cool y sofisticado al entrar en la batidora de David Byrne, padrino de exploradores de los noventa como Manu Chao y Damon Albarn.
Ya en tiempos de Facebook, el amigo estadounidense ha seguido paseándose por la otra orilla. El productor de Mississippi Diplo fue de los primeros en meter reguetón, dancehall y demás ritmos de la favela dentro de las discotecas chic; y otro productor, el inglés Quantic, hace ahora lo mismo con la salsa y otras variantes tropicales.
El viaje de los Los Angeles Azules sigue una lógica parecida. Un grupo familiar –todos son hermanos– nacido al filo de los años 1980 en Iztapalapa, la delegación más poblada de la capital mexicana, la que registra el mayor número de delitos, la que más presos aporta a las cárceles, donde la escolaridad media es de ocho años y el paro juvenil ronda el 70%. Para apartarlos de la calle, su madre les pone a escuchar y tocar música: cumbia colombiana, la mamá de la cumbia, que llevaba un par de décadas desparramándose por el resto de Latinoamérica.
Se hacen grandes en los barrios, suenan en los sonideros –fiestas en la calle al estilo de los soundsystem jamaicanos– y son parte de un nuevo subgénero: la cumbia romántica. Entran incluso en las listas de música regional mexicana –¿se imaginan a Bob Dylan con la etiqueta música regional estadounidense?– y giran por Sudamérica. Pero en 2009, la cumbia pierde el oremus en las radios y se quedan sin discográfica. Empieza la travesía por el desierto y en ese camino se cruzan con Camilo Lara, productor, ex A&R de EMI, un arqueólogo respetuoso y empático con los sonidos de su país.
Punto de inflexión. Lara produce y edita su nuevo disco, son invitados a tocar en el Vive Latino, el mayor festival de México, llega la oferta de una multinacional, y el disco definitivo de su renacimiento para todos los públicos. Una selección de sus éxitos antiguos cantados a dúo por artistas pop mexicanos, Carla Morrison, Ximena Sariñana, acompañados por una orquesta sinfónica. ¡Boom! En México, donde la cultura popular es de por sí mucho más transversal que en Europa o Estados Unidos, se terminó de romper el tabú de clase. Bailar cumbia ya no es cosa de nacos. Tú, publicista, diseñador gráfico, emprendedor, tú también puedes bailar la cumbia.

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