SUMARIO

Brasil está completamente dividido, como ya ocurrió en el Mundial de 2014, por el coste del magno acontecimiento en un momento de crisis económica, dominando la falta de entusiasmo, mientras la toma de las calles por 67,500 policías y militares dan a la ciudad un aspecto de película catastrofista

TEMARIO

A pocos días de que comiencen los Juegos Olímpicos de Río 2016, en la llamada “cidade maravilhosa”, la ciudad de la samba y el Corcovado, el entusiasmo brilla por su ausencia ante lo que se considera el mayor acontecimiento deportivo en el planeta Tierra.

Después de la euforia con que el presidente Lula da Silva celebró la concesión de los Juegos  en la 71 sesión del Comité Olímpico Internacional (COI), el 2 de octubre de 2009 en Copenhague, toda aquella ilusión parece haber desaparecido y negros nubarrones se ciernen sobre la competición que inicia este viernes 5 de agosto y acaba el domingo 21 del mismo mes.

Delincuencia, el virus del zika, obras mal acabadas, como la Villa Olímpica, contaminación de la Bahía Guanabara, llamada ya por algunos Bahía de Cochinos, despliegue policial omnipresente,  los primeros Juegos celebrados en América del Sur amenazan con dejar un estigma negativo en el continente difícil de superar.

Primeros juegos en Sudamérica

Muchos se preguntan ahora si alguna de las seis ciudades derrotadas en Dinamarca por la ciudad brasileña no hubiera sido una elección más segura. Recordemos las cuatro que quedaron en la votación final:  Chicago, Río de Janeiro, Madrid, la gran perdedora, y Tokio, que finalmente lograría los de 2020.

Se espera la participación de 10,500 atletas de 206 comités olímpicos nacionales, que competirán en 306 eventos de 28 deportes. Las competiciones tendrán lugar en 33 recintos deportivos de cuatro barrios de la ciudad.

La elección de Río marcó la primera vez en que Brasil fue designado como sede de los Juegos Olímpicos,  la primera vez que se realizará un evento olímpico en un país de lengua portuguesa,  la primera vez que se realiza en un país sudamericano (Lima y Buenos Aires no han ocultado también su vocación olímpica), la segunda en un país de Latinoamérica —la primera edición fue México 1968—, la tercera vez que ocurrirán en el hemisferio sur —antes fueron Melbourne 1956 y Sídney 2000— y la séptima en un país de América —previamente fueron San Luis 1904, Los Ángeles 1932, México 1968, Montreal 1976, Los Ángeles 1984 y Atlanta 1996—.

 La enorme crisis política en el gigante sudamericano, con la destitución de la presidenta Dilma Rousseff, a la espera de juicio, y su sustitución por el vicepresidente Michel Temer, ha contribuido a hacer más grave la situación.

Falta el “espíritu olímpico”

A pesar de los sonrientes y orgullosos voluntarios olímpicos, con sus lindos uniformes camino del aeropuerto o de alguno de los diferentes escenarios olímpicos repartidos por toda la ciudad, el tan elogiado “espíritu olímpico” sigue siendo un completo desconocido entre los cariocas. Ni siquiera la llegada de los primeros turistas, untados de repelente en todo su cuerpo para evitar el temido virus zika, ha conseguido emocionarles.

Tampoco les conmueve los enormes carteles de Río 2016 en las populares playas de Copacabana e Ipanema o los adhesivos de colorines que decoran la valla que bordea la carretera del aeropuerto internacional y que tan solo sirven para tapar esa miseria tan poco atractiva, a pesar de lo que pudiera decir alguno, de las favelas, a las delegaciones de 206 países que  en estos días arriban a la ciudad.

No solo no se ha conseguido crear un ambiente festivo, sino que por el contrario la presencia en las calles de 67,500 policías y militares, una verdadera ocupación, con sus patrullas en vehículos blindados y el sonido de los helicópteros militares, ha dado a la ciudad un ambiente casi apocalíptico.

Así, una encuesta publicada recientemente por el influyente diario Folha de Sao Paulo reveló que un 50% de los brasileños se declara absolutamente en contra de la celebración de los Juegos y un 63% opinaron que el evento traerá más problemas que beneficios.

Boicot a la antorcha olímpica

Además, durante el recorrido de la antorcha olímpica por 300 ciudades del país, en un verdadero boicot, una decena de eventos convocados a través de las redes sociales lograron apagar la llama olímpica en una clara señal del profundo inconformismo de la ciudadanía con un “superacontecimiento” más y del que desconocen su precio exacto.

Y uno se pregunta si no se los hubieran podido conceder a Madrid, en una España en crisis tan necesaria de inversiones, a 24 años de aquellos inolvidables Juegos de Barcelona 1992, que marcaron un antes y un después. Si las autoridades internacionales no hubieran podido controlar más y mejor el desarrollo de unas obras que, aún siendo necesarias, en muchos casos ni se van a inaugurar.

Desgraciadamente, en los meses previos a los Juegos, más de una decena de atletas han sido robados durante sus desplazamientos por la ciudad, en la que se registran trece atracos a mano armada por hora, según las últimas estadísticas.

 Para complicar más el panorama, la reciente y  sorprendente detención de trece brasileños sospechosos de planear atentados durante los Juegos puso la amenaza del terrorismo yihadista islámico en el centro de las preocupaciones de seguridad de las autoridades brasileñas.

El polémico alcalde de Río de Janeiro, Eduardo Paes, reveló  hace pocos días que el coste real de Río 2016 se sabrá «cuando esté todo certinho», es decir, una vez acaben las competiciones. Quizás ese secretismo obedece a que los más de 10,750 millones de euros gastados ya en la organización puedan aumentar el descontento de miles de médicos, profesores, policías y bomberos que llevan meses en huelga exigiendo que se les paguen sus salarios atrasados después de que el gobierno de Río de Janeiro se declarase en bancarrota.

Significativo es también el caso de los sindicatos de la Policía Militar, hartos de jugarse la vida en las favelas con narcos y otros delincuentes con armamento obsoleto, que decidieron recibir a los turistas en el aeropuerto internacional manifestándose bajo el lema «Welcome to Hell» («Bienvenidos al infierno»).

Entre los pocos hechos positivos hay que destacar que el escándalo mundial causado por la alarma de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que colocó a Brasil como el epicentro mundial de la epidemia del virus zika, ha perdido su impacto en los últimos meses.

Baja el número de mosquitos

Ya que Río 2016 se disputará en pleno invierno austral, el número de mosquitos Aedes Aegypti en la ciudad y el estado se ha reducido enormemente. Además, la clínica de la Villa Olímpica podrá hacer pruebas rápidas para detectar el virus proporcionando un tratamiento instantáneo a los posibles infectados.

Según el último informe del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CCPEU), la presencia del zika en Río 2016 apenas tendrá impacto para la diseminación global del virus ya que los 500 mil turistas que se esperan suponen únicamente el 0.25% del turismo a zonas afectadas por la epidemia en el planeta. Recemos porque así sea.

Aunque hay que reconocer que la situación no es la de las masivas protestas ciudadanas previas al Mundial de Fútbol de 2014, tras estallar en estos dos últimos años una crisis política, económica y social sin precedentes, las causas del malestar social de los brasileños son las mismas: el dinero público se malgasta entre grandes eventos y enormes escándalos de corrupción, como el de Petrobras, mientras la desigualdad, la enorme pobreza de buena parte de la población siguen corrompiendo por dentro a la sociedad.

Un momento muy significativo de la división existente en la sociedad brasileña será la llamativa ausencia en la ceremonia de inauguración del próximo viernes en el estadio de Maracaná del ex presidente, el izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva, y de su sucesora la presidenta suspendida, Dilma Rousseff.

Considerados el «padre» y la «madre» de Río 2016, pues ellos fueron los que impulsaron la candidatura olímpica y coordinaron los preparativos desde el año 2007, hace casi diez años, su ausencia voluntaria en el palco de personalidades dejará huérfano políticamente a los Juegos Olímpicos el día de su nacimiento.

En su lugar, el impopular presidente interino, el traidor, el ex vicepresidente Michel Temer, señalado también por escándalos de corrupción, estará presente en el palco junto a los miembros del Comité Olímpico Internacional (COI) y otros 55 jefes de Estado, sin la llamativa asistencia de los actuales reyes del mundo, como Barack Obama, Vladímir Putin y Angela Merkel, entre otros.

Ausencia de líderes latinoamericanos

Más vergonzosa quizá sea la ausencia ese día de la mayoría de los líderes latinoamericanos, aunque sea un país latinoamericano, el segundo tras México, en albergar los Juegos, en lo que es claramente una muestra del  rechazo a un gobierno al que muchos califican de golpista e ilegítimo en el continente.

Como muestra del hartazgo de los brasileños de su clase política, el COI ha reservado apenas 10 segundos para que Temer, tan buen orador él, lea su brevísimo discurso. A pesar de ello, se augura una pitada monumental al mandatario que dará inicio a Río 2016 en el legendario estadio de Maracaná.

Contra todo pronóstico, prácticamente todas las estructuras de Río 2016 han sido entregadas a tiempo. Sin embargo, los numerosos problemas con los apartamentos de la Villa Olímpica o el derrumbe de un trecho de la ciclovía olímpica el pasado mes de abril, accidente en el que murieron dos personas, pusieron en entredicho la seguridad de las infraestructuras olímpicas.

Algunos medios del país llegaron incluso a señalar la posibilidad de sabotajes por parte de obreros que no llegaron a recibir sus salarios.

No hay duda de que el punto débil de los Juegos será el funcionamiento de las infraestructuras y el transporte.  El funcionamiento de la línea 4 del metro, que transportará cada día a miles de turistas a las cercanías del Parque Olímpico, sigue siendo un misterio. Las posibilidades de un caos logístico y olímpico, de un “Apocalimpisis”, son muy reales.

ROBERTO DE LOS SANTOS

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