Aldo Fulcanelli
Mucho se ha dicho y escrito acerca del jazz. No pocas veces, el sugestivo poder armónico del jazz, ha sido comparado con las bondades de los mejores vinos, el expresionismo abstracto, las obras profundas de Cortázar, e incluso, con la espontaneidad de la naturaleza misma; por aquello de la improvisación. Contrario a otras manifestaciones musicales de menor talante, el jazz ha sobrevivido y evolucionado en un mundo complejo, exaltando con amplitud sus fórmulas irreversibles una y otra vez con la misma eficacia: la colaboración, el divertimento, la diversidad cromática tan amplia como el pensamiento humano, los ritmos impredecibles que se originan en el tribalismo, para luego estallar eucarísticamente en un andar irresistible de tonalidades pasajeras. El camaleónico jazz, logró mimetizar su innegable toque afro spiritual originario, debajo de un montón de evoluciones armónicas inquietantes, para irse a instalar justo en el centro de las mesas en los bares parisinos, que parecían girar junto al piano estrella levemente desafinado, el contrabajo que retoma la sordidez del destino que va marcando el compás, la mejor metáfora auditiva sobre la germinación, las leyes naturales irreversibles y el elemento humano, innegable factor fenomenológico que simboliza la improvisación, como la baraja oculta de un misterioso tarot que al ser descubierta, transforma los arcanos en sostenidos, bemoles e incesantes disminuidos. Ahí junto a las cintas de Godard, Truffaut, Vadim o Resnais, la década de 1950 cedía bajo el influjo de Jean Paul Sartre y Albert Camus, los jóvenes europeos parecían autoinmolarse en silencio, bajo los trajes grises y el humo de los cigarrillos que invadían los esotéricos pubs, sofisticados bajo las notas de Oscar Peterson, Bill Evans, Chet Baker, o Dave Brubeck, por decir algo.
Parte de ese aroma bohemio revestido de gafas, gabardina y el cabello hirsuto junto a la nostalgia, se encuentra contenido en “Take Five”, composición jazzística infaltable en la colección de cualquier fiel melómano, e integrada en el álbum Time Out de The Dave Brubeck Quartet, bajo la autoría del célebre Paul Desmond. En 1959, junto a la Revolución Cubana, las sondas espaciales y el lenguaje beat, emergería una irresistible melodía inusual por su compás de 5/4, una hipnótica introducción a cargo de la batería y el piano, que  juntos elucubran la aparición del saxofón, el hijo prodigo que expresa un diálogo musical casi filosófico, para luego instalarse en la alegría de vivir junto al ocio, una presentación nada habitual, luego un sonoro tropiezo que literalmente, sensorialmente nos remite a la sensualidad del striptease, mientras el piano acentúa un ritmo que por su repetición pareciera brotar de alguna ceremonia vudú. La batería divide al compás en fragmentos que recuerdan la arritmia de un corazón cegado por la síncopa, mientras el saxofón se prepara de nuevo con la melodía que luego de escucharse la primera vez ya resulta indispensable, y todos en los clubes nocturnos, desde Suecia, Nueva York o Buenos Aires, pedirán otra ronda de martinis, algún habano, y desde luego un encore con sabor a “Take Five”. Pero, ¿qué tiene dicha melodía que la hace irresistible, digna de ser interpretada una y otra vez desde arreglos y desarreglos, escarceos vocales de vanguardia u otras referencias legendarias que van de lo antológico a la rendición total del jazz?, es una pregunta que tendrían que contestar los fanáticos, no los críticos, ni mucho menos los músicos que al componer la obra o ejecutarla, desconocían en su totalidad el fenómeno que estaban produciendo. Mas los fanáticos dominan el momento justo en que los spotlights se encienden para dar paso a las notas, y con el aplauso, demostración metafórica de la exaltación de los sentidos, santifican como en un bautismo a un hit. Los fanáticos saben de la emotividad y no de los intragables discursos teóricos de musicología, les dirige el cronómetro del corazón, sin que muchas veces puedan explicar (para qué) el origen de sus apegos (para qué nuevamente), donde lo que cuenta es la exaltación total ya sin idiomas, barreras intelectuales o prejuicios de por medio, entonces diremos que a más de 50 años de haber sido construida, “Take Five” es prueba superada, pues manifiesta la longevidad de la música, la brillantez de la composición, pero también los designios misteriosos de los fanáticos, augures ya frenéticos o sonámbulos, que en el abrir y cerrar de un compás pasan de ser violentos hooligans a consumados takefivers, por obra y gracia del Espíritu Santo, pero también por el talento innegable de Paul Desmond.
En el escenario aparecen cuatro bon vivants,  Paul Desmond y el sax, saben que el compás es como la cuerda del acróbata que se alarga a cada arremetida del cuarteto de jazz, como diciéndole adiós solo muy levemente a Django Reinhardt y el jazz de la posguerra, cuya singular alegría esta enquistada, paradójicamente, en el corazón de las bombas y la hambruna. Adiós un poco al dixieland, y los entierros insoportables del jazz en Nueva Orleáns; adiós también al ragtime, ese despliegue circense de notas utilizadas hasta la saciedad del estereotipo en las cintas western, junto a la leyenda Saloon, y las coristas asediando al héroe fílmico. Un guiño a la vanguardia que retoma de lo afro su irresistible ritmo base, y en el fondo de algún sofisticado escenario, con todo y presentador con acento parisino, bien podrían aparecer una docena de keniatas danzando tribalmente “Take Five” a ritmo de reggae, cuando lo rastafari por una vez un siempre, abrace al cool jazz con aroma de West Coast. ¿Por qué no? Ante la pregunta de ¿por qué nos gusta tanto “Take Five”?, más allá de las irresistibles versiones de Chet Atkins, George Benson, Carmen McRae, o Al Jarreau, y las que se produzcan bajo la sombra minimalista del Siglo XXI, una andanada de desquiciantes afirmaciones teóricas que solo servirían para enmascarar el influjo irracional de la música, bien podríamos responder, solo para hacerle honor a la tan necesaria humildad: que no sabemos. No sabemos por qué nos gusta “Take Five”, dirían los fanáticos, pero la amamos. La amamos sin saber porqué, inconsecuentemente como al “Bolero de Ravel”, frenéticamente como a “Hey Jude”, “Bésame mucho” y el “Cielito lindo”, junto a aquello de “No Woman No Cry”, y muy por encima de nuestras voluntades: “Piano Man”. La seguimos amando mientras el mundo rueda con sus macabras noticias, todos hablan de la matrix o los reptilianos, las elites del mundo y las dizque teorías conspiratorias… cuando de fondo se escucha el amanecer de hace 57 años y el redoble de la batería como si fuera ahora nuevamente, con la misma placidez, mientras las 24 se vuelven 48 y los 365 días se vuelven grados, o veces que escucharemos “Take Five”, solo para concluir que ese brillante sax, el piano que con el ritmo inconsecuente desafía la racionalidad, bien valen renunciar a las preguntas, al menos durante los 5:29 minutos que dura la canción.

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