Mónica Alejandra Orozco/

“Yo voy a ser pintor, quiero ser pintor, me voy a proponer ser pintor”; con este pensamiento es como Alejandro Colunga deja el tercer semestre de arquitectura, como el que tiene hambre busca el plato de comida, el arista cuando nace artista tiene hambre  de serlo y lo busca a como dé lugar. Así comienza un artista Alejandro de milagro, porque el artista nace no se hace y el deseo se manifiesta desde la niñez, “todavía no lo soy, hago la aclaración, pero estoy en proceso de serlo y aspiro a un día serlo”.

(En la foto de año 2000: Alejandro Colunga, Tony Vierling, vocalista de The Spiders, y José Luis “Chamaco” Guerrero, sax de 39.4).

Sin complicaciones de regirse a las imposiciones de la sociedad ante el que dirán y el materialismo, en una lucha interna contra valores falsos que te inculcan desde niño, que cuando te enfrentas a tu propia realidad y tu propio sentimiento incitan a manifestarse por convicción, en contra de todo opositor, pues el artista que vence los primeros obstáculos nada lo detiene.

Un “prospecto de pintor” como él se define, que dedica más su tiempo a tratar de ser un ser humano digno, a buscar a Dios dentro de él y después a su profesión, y aunque tuvo muchos obstáculos y considera que nada en la vida es fácil, trabaja de 12 a 18 horas diarias, a veces no duerme hasta que cae de cansancio. “Para hacer eso tienes que armar la pintura, tienes que armar tu arte, tiene que armar lo que tú quieres, porque por amor haces cualquier sacrificio”.

No espera ninguna recompensa, basta y sobra con que se le haya dado esa responsabilidad de tratar de hacer arte para compartirlo con la gente que quiere recibirlo.

No pretende dar ningún mensaje, sólo tiene bien plantada su finalidad tomando conciencia de que haciendo su función en esta vida puede hacer feliz a un ser humano, puede llevarlo a tener sentimientos, esto es cumplir como artista, esta es tal vez la recompensa.

Buscador de la verdad, observador de la magia en todo lo que rodea y fascinado por los días lluviosos, una persona con todos los sentimientos y actitudes a flor de piel, alegre, bromista, pelado, irreverente, corajudo, insolente, vanidoso, soberbio, pero ante todo muy buen amigo, leal ante toda amistad. Sin encontrar aun su mayor virtud, pero afirmando su mayor defecto: la soberbia, pues este es el origen de su defecto, inspirado por el punto principal de hacerlo con cariño, sin preferencias de técnica y utilizando sus colores favoritos —amarillo cromo con negro, el rojo con el blanco y el azul su favorito— “con la dificultad cuando te enfrentas a una tela en blanco pues el arte viene del corazón y lo procesas a través del intelecto”. Entonces toma un lápiz y solo sale .

La escultura fue un mero accidente, pero no se considera escultor, no, él sólo inventa los diseños, los escultores son sus asistentes, los que llevan el trabajo, él es sólo un diseñador de productos escultóricos urbanos.

Considerando que su primer maestro fue Miguel, su hermano mayor, quien le enseña que nunca hay que lavar un pincel de óleo con agua y con muchos esfuerzos pues no tenía “un clavo” y con la ayuda de su hermana María Eugenia, quien tuvo que pedir prestado, Alejandro Colunga expuso por primera vez en 1968 en “La Galería” gracias a una estadounidense que le apostaba a los jóvenes artistas, en esta ocasión se realizaron dos inauguraciones por la gran asistencia y al ver las ventas terminadas a sus apenas 18 años, Alejandro sólo quedó con un sentimiento de gratitud y emoción y comprendió que eso era lo suyo y que en eso va a morir.

“El que dice que es pintor son mentiras porque el pintar es una vida, a un artista no se le debe perdonar la soberbia y el ser pedante”.

Un hombre chiquiado y chiquiador, pues tuvo una infancia que fue deliciosa, hermosa llena de cariño y ternura —comentó— crecido entre puras mujeres, mujeres guerreras y por ello fabricaron un guerrero. Natural de Guadalajara, desarrollado en una familia de artistas bohemios unidos a cual más, lo cuestionable es de dónde viene la herencia pues ni los padres ni los abuelos son del ramo, “no tengo tiempo para casarme y el amor de mis amores es Dios y mi trabajo”.

También piensa en Guadalajara y cree que aquí no se les respeta como en otros países, siendo que el arte es una profesión más decente que otras, porque para ser artista tiene que sacrificarse toda una vida, siente que los tapatíos están matando el arte y cree que el público es cobarde para invertir en el arte sin darse cuenta que este es una inversión aunque hay quienes sí lo hacen. “Los tapatíos son malinchistas a morir y a los locales no los valoran, ve muy bajo el nivel cultural en Guadalajara, claro que a pesar de todo lo anterior piensa que Guadalajara es una ciudad mágica y si a él se lo permitieran cambiaría La Minerva por una torta ahogada de bronce, a la que le brotara agua roja simulando salsa. “Las Chivas, el Atlas y el pozole” es la definición que Alejandro le da a Guadalajara. (Publicado en Ciento Uno número 505, 17 de mayo de 2002).

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