Aldo Fulcanelli
En Montreal el tiempo se detuvo. El cielo se abrió, dejando escapar un sollozo, un clamor que parece provenir de los viejos plantíos de algodón, de las iglesias de la infancia, cuando el dolor de la negritud americana se transformó en notas musicales. Y así fue. El viejo B.B. King gesticula, extrae a las cuerdas un sonido que perturba, que enloquece a los asistentes, en el enésimo festival que el rey del blues engalana.
La Gibson legendaria, deja escapar todas sus metrallas armónicas, bombardeando a los fans que en el clímax del concierto, ya forman parte de la exuberante tribu de los amantes de la música, mientras el genio afroamericano, se comunica con los espíritus ancestrales. Las trompetas afirman el soul majestuoso, que va recogiendo ritmos hasta un atronador final, mientras que los dedos enormes del músico-leyenda, no dejan de afirmar que el blues no morirá, mientras exista un oído, un alma que se deje aprisionar por su envolvente aroma nocturno. Y ahí va de nuevo B.B. King, cuya imagen de autoinmolación escénica es parte ya del imaginario colectivo. Pero no se trata de un ritual vudú, sino el prodigioso guitarrista que es traído a la actualidad por la magia del video, cuando brota con alguno de sus brillantes trajes, que jamás opacarán sus diálogos con el amor, con el olvido, con el sugerente y agridulce tono que el blues en la voz, en la guitarra de King, el rey ofrece.
Puede tratarse de “Stormy Monday”, “The Thrill is Gone” o “Sweet Little Angel”, cualquiera de las declaraciones a la desfachatez o la entereza de vivir la vida al estilo blues, no serían lo mismo sin B.B. King y su legado musical. Aquella voz siempre imitada nunca igualada, ruge con la fuerza de un clamor tan viejo, como el deseo del ser humano por reponerse a todo aquello que le aflige. Así nace el blues, como un acto de rebeldía, una poética escapatoria al silencio y el olvido. Pero el rey King está ahí, brota del rincón más inesperado, rivalizando en atención con las chicas rubias que ya entradas en copas, no dudan en subirse al piano y mover sugestivamente las caderas, cuando finalmente comprenden que no todo es música country, y aburridos amaneceres al calor de un licor barato. Desde la mismísima Africa, el rey King desgarra la voz como un grito de batalla. Viaja el blues al ritmo del tiempo y la modernidad a veces perniciosa, con el embajador de lujo que hizo un pacto con el género más desquiciadamente sensual. La voz se tuerce, se pierde en los rincones del escenario, para rebotar directo en el corazón de los escuchas, cuando el cronista de la nostalgia B.B. King, nos narra su historia mientras él mismo se interrumpe, con los acordes envolventes de su inmortal Gibson.
Entonces la noche avanza, y ya todos ignoran lo que está pasando. En el escenario B.B. King se contorsiona, pone sus ojos en blanco y se transfigura tras el sonido in crescendo de las percusiones, que invitan al frenesí más embriagador. Aquello ya no es una guitarra, sino el recuerdo vivido de muchas voces que se pierden en el tiempo, y se recuperan ante el poder del sonido. Aquello ya no es una voz sino un clamor que ríe, llora y se emociona ante el coqueteo interminable del amor. Y aquí va la banda de músicos negros y de blancos que quieren igualarlos, aunque al final ni el origen ni la raza importan ya, cuando el maestro dispone de la atención de quien lo admira.
B.B. King, hizo viajar al blues a escenarios y sitios insospechados, y este a cambio, le otorgó al intérprete afroamericano la llave mágica de la inspiración eterna, lejos ya de las bodegas subterráneas, donde la música se tocaba casi de manera clandestina. Ya no hay sembradíos ni voces que gimen en la oscuridad, ya el blues no es insano ni cosa del mal, ya el humo de los cigarrillos se esparce en cualquier parte, cuando el arte de B.B. King, ratifica que el blues es por todo y para todos.
Es la hora de la jam session, el rey del blues alza el puño para dejar sentir todo el black power. Aparecen Jeff Healey, Ronnie Earl y toda la pandilla, mientras el Hammond no deja de soltar sus penas al viento. B.B. King, aparece como un grande y frondoso árbol, que con su arte cobija a los demás músicos, a los que lanza retos diciendo “give me one more baby”, entonces el aquelarre ya resulta imparable, cuando un público frenético es arrastrado a la catarsis. Detrás de cada concierto del rey King, del profeta absoluto del blues y su fiesta imparable de talento, queda un vacío casi imposible de abarcar, que solamente otro disco del rey, otro canto del rey, algún otro sollozo que brote de lo más profundo de aquella alma grande y palpitante. Gracias por siempre a B.B. King, sin quien blues no sería tan universal y generoso.

fotografía; muzu.tv