Aldo Fulcanelli.

Al igual que Picasso, Emilio “Indio” Fernández (1904-1986) concibió al arte como un artefacto de guerra, un arma al servicio de las ideas para fortalecer los rasgos sentimentales de los pueblos. También un mecanismo educativo, que tuvo como propósito la emancipación de las sociedades, amparado en un discurso nacionalista que se amplifica en las imágenes que el celuloide consignó. En una vieja entrevista, ya con los años de la gloria encima, el legendario director cinematográfico apareció vestido de traje oscuro, la mirada hundida en el rostro de implacable dejo incrédulo, la voz pausada  contrarrestando la voluntad de aplomo de un hombre que afirmó haber llegado a la Revolución Mexicana a la edad de diez años, cambiando la escuela y los juguetes de la infancia por el caballo y el fusil, sin arrogancia, revelando cómo se escapo de la cárcel al dinamitar uno de los muros, su viaje a Argentina, la estancia en los Estados Unidos donde desempeño los más variopintos oficios: estibador, obrero de pico y pala, pastor de ovejas en Montana, su llegada a Hollywood junto al floreciente siglo XX, siguiendo al cortejo fúnebre de Rodolfo Valentino. En la antológica conversación con el periodista español Soler Serrano, El Indio es tentado maliciosamente a autonombrarse el creador por excelencia de la estética nacionalista del Cine Mexicano, pero este rechaza el lance periodístico, añadiendo con  sencillez casi providencial, “haber sido solamente un conductor de imágenes a las que supo hilar llevándolas a la pantalla”, desprovisto de cualquier contexto moralizante, sus palabras se sumergen en la utopía cuando habla de “haber hecho lo que pudo”, argumentando que el cine siempre es más que “solo eso”, insinuando que el ojo cinematográfico es como un abrevadero infernal ante el cual el director siempre se queda corto. En un arranque de machismo de aproximaciones surrealistas, El Indio dice que el cine es como un hombre, un hipocampo que da a luz a la televisión, y esta última, de la mano de creadores perniciosos, contribuye a degenerar los rasgos de la sociedad al atreverse a “vender baratijas de escasa calidad” palabras más, palabras menos. Sentado, con un ademán austero, El Indio habla de haber conocido a “Baby Face” y Al Capone, de haber sido un presto bailarín de tango, de sus aventuras en el México de las soldaderas, y de sus cuitas militares de la mano del General Felipe Angeles, de la manera en que gracias a las luces y ángulos de la cámara de Gabriel Figueroa, le otorgo talla física a Pedro Armendáriz, convirtiendo la apostura del histrión, en el símbolo de una mexicanidad de corte viril, que vendió en Europa a la manera de un caro souvenir (esto último no lo dijo). Para El Indio, la autenticidad de una propuesta cinematográfica descansa en una ideología, más que en una pose o un estereotipo, bajo el fundamento de no buscar parecerse a nadie, de las imágenes poéticas por encima de la descripción hablada, es un cine emotivo hasta la sensiblería pero a la vez irresistible, ¿Cómo soportar un cañonazo de close up que enfocan a una María Félix personificada de Maclovia? ¿O fue al revés? Una retahíla visual de magueyes que se desploman bajo los cielos que transportan nubes que parecen haber sido colocadas a propósito, pero no, o las polvaredas que se confunden con la niebla, mientras la guitarra de Bribiesca, como en un acto mágico atrae a las norias, los ojos de agua, las fogatas de los forajidos cuyos sombreros crecen en las sombras de un expresionismo mexicano, y aumenta la galería de personajes que se antojan extraídos del muralismo, ahí están los capataces, los amos hacendados, los villanos que arrastran espuelas bajo el relinchar de los feroces caballos que persiguen las cámaras de Figueroa, los cielos aperturados sin hora exacta, por el solo capricho de un director que abre sus cañones al grito de preparen, apunten, un centenar de veces antes de dar el corte definitivo. 
Sin embargo, según El Indio, la película definitiva nunca llegó, de sus comisuras labiales se desprende la insatisfacción propia de los genios, un hombre cabalgando en la utopía del ángulo perfecto, los parlamentos poéticos del escritor Mauricio Magdaleno, sin barroquismos, denunciando la puntualidad que tienen los rancheros, aquellos que se crían junto a los animales, pero también al lado de los amaneceres de antología, y de las noches de los Ave María en las bocas de las plañideras, las celebraciones del Día de Muertos, también los funerales donde las animas se mimetizan entre las velas mortuorias y las ferias donde se queman los judas; allá junto a las culpas de una nación atávica. Durante la entrevista, El Indio tozudo parece no inmutarse, mientras un leve dejo de violencia se asoma por su ojo izquierdo, al tiempo que uno piensa que el aventurero que nació con el Siglo XX y la revolución a cuestas, brincará en cualquier momento como reptil, sobre su interlocutor, pero son solo figuraciones, Emilio “Indio” Fernández parece un hombre jovial, agradable y educado que utiliza la palabra “señor” como un vinculo de humildad frente a su entrevistador, no se parece nada a aquel hombre de pistola en mano y modales secos que delinearon las leyendas urbanas, es más bien un poeta sobrio que enmarco en un cuadro salpicado de nacionalismo, todo aquello que captó con su mirada aguda de visionario. Pero El Indio fue un hombre que aprendió cine viendo las cintas de Eisenstein y John Ford, sus maestros espirituales, los mismos que le enseñaron a extraer la esencia de las imágenes, un cine de religiosidad icónica que complace la mirada hasta el éxtasis, aquel donde el erotismo subyace bajo las manos tensas de los pescadores, los pies descalzos de María, Dolores, Columba, las musas con las que viajó a Cannes, Venecia, Berlín, Moscú, Huelva, los trajes de militar o charro que irrumpieron en las ciudades asoladas por la tiranía de una clase alta refugiada en las bacanales de las lujosas estancias, junto al resonar de las espuelas que compitieron en sonoridad con los pianos del porfiriato, solo para interrumpir una nueva sesión del ocio aderezado por los apretados corsés y los prejuicios de una mexicanidad que en las manos del Indio sabe a poesía.

Paradójicamente, El Indio habla de creer en la censura, siempre y cuando esta defienda al cine como un arma educativa de los pueblos y para los pueblos, se lanza contra las fotonovelas por considerarlas improperios, igualmente critica la fiebre por lo extranjero, la absurda (según él) intención de buscar copiar las costumbres de otras naciones. La voz del Indio se convierte en poesía cuando habla de su madre, una indígena Kikapú de la que dice haber estado enamorado, compitiendo en atención con su padre, al que venero en el centro de una relación mezcla de miedo, amor, rivalidad. Habla del cine como una aproximación siempre insuficiente hacia la poesía, la maravilla de sustituir la mirada por la lente, el plató por la realidad, las figuras otra vez amplificadas ante el claroscuro de las luces del set, frente a las personas simples de la vida a las que se lleva el recuerdo o el diablo, el mismo que vestido de catrín, secuestraba las almas de los mal portados, inserto en las leyendas de las viejas comarcas de la entrañable provincia. La voz del Indio se hunde en su garganta, cuando se refiere a ese México ido, el México heroico de la Revolución Mexicana, aquel México que el Indio reescribiera en servilletas, en el contexto de una epopeya salpicada de fusiles e iglesias intervenidas por los alzados, su tono parece trasladar la garraspera del tequila, ya no es aquel personaje de sombrero y negra vestimenta que sintetizó al espécimen autóctono emergiendo del nacionalismo posrevolucionario, un icono al que el actor Narciso Busquets prestó su voz para equipararla con la personalidad imponente de aquel mestizo que sin proponérselo, rindió a sus pies a los festivales más importantes de Europa. 
El entrevistador Serrano Soler, hace una síntesis del artista mexicano, llamándole portador del Cine Hispanoamericano, “presto con la pistola y tal vez el cuchillo”, “Charro curtido en las revoluciones”, mientras que añade “la relevancia del Cine del Indio en España, por los hilos conductores, la potencia de las imágenes que afectaron a la nación ibérica desde México”, mientras que El Indio, nuestro Indio universal cierra agregando: “Donde se habla español está España”, no necesita decir más, tuvo de su lado a los cielos con los que viajo errante alrededor del mundo, los mismos cielos aderezados por los filtros secretos de Figueroa, su idioma no es de las charlas de café, sino el lenguaje sensorial iconográfico, cuando las palabras callan, ahí aparece El Indio para entonar las voces ancestrales desde el sonido de un viento fantasmal, junto al ruido de los ferrocarriles que parecen anunciar la decadencia de un tiempo miope. En la entrevista, El Indio no habló de su relación estrecha con los directores John Houston o John Ford, una relación creativa, solventada a partir del amor por la narrativa visual. Tampoco de su aparición en importantes cintas hollywoodenses como La pandilla salvaje (1968); El Regreso de los siete magníficos (1966); la cinta de culto Tráiganme la cabeza de Alfredo García (1973); la muy entrañable Bajo el volcán (1983), siempre a la manera de un forajido, de un general villano, o casi un mero cameo imposible de ignorar. No se refirió a su hermosa casa fortaleza, aquella donde tuvieran lugar las fiestas en que se dieron cita importantes personajes del arte y la cultura, ahí donde la ropa de las musas de ocasión, se deslizó muy suavemente al ritmo de la poesía estridente. Nunca aclaró si era real o no aquello de que fue su cuerpo, el que sirvió de referencia para crear la estatuilla de los Oscar, no habló de Dios o sus afectos políticos, si es que los tuvo, pero en su mirada reveló sin consentirlo, la voluntad de relámpago que llevó al  genio inconforme, a teñir de mexicanidad al mundo de la cinematografía, un hombre al servicio del arte, con derecho de consciencia sobre el abrevadero de luces y sombras que enriquecen la mirada. El cronista emocional de nuestra suave patria, pero también de la nación bravía, aquella que extiende los brazos en espera de justicia, la misma tierra que aguarda junto a la mirada de un hombre que cerró los ojos, dejando un testamento ilimitado de imágenes que todavía desafían las emociones; la tierra de la raza briosa, los juegos de artificio, donde parafraseando al poeta López Velarde “el trueno de nuestra nubes enloquece a la montaña, requiebra a la mujer, sana al lunático, incorpora a los muertos, pide el Viático, y al fin derrumba las madererías de Dios, sobre las tierras labrantías”.


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