Aldo Fulcanelli
Argentina parió al tango, el lujo incomparable de un bandoneón, compitiendo con la intensidad de la noche. Nos regaló a los melómanos la perla sudamericana, genios de la talla de Mariano Mores, Anibal Troilo, Lalo Schiffrin, y en otro nivel de sentimiento: un infaltable Piazzola. Ni qué decir del hombre del sombrero negro, las gafas oscuras, acorde con la high class de un intérprete de lujo; el saco sport y el andar pausado por el escenario, no hay mucho que decir, pues todo lo contaría un saxofón interpretado por una ocasión (siempre hay una sola), por el gran Gato Barbieri. Estilo único, que a veces recuerda por sus devaneos al jazz de vanguardia, para irse a incrustar directamente en el sabor latino, que admite las más diversas variaciones, ya de la mano del fusión, y la presencia inconfundible de las exóticas percusiones.
Arranca el sax entonces, sin miedo a los cromatismos, pero siempre con el sello inconfundible de Barbieri; un control avasallador del tempo, la afinación que eriza la piel, cuando se desboca en desplantes caprichosos que hacen pensar que el sax, bien podría esconder el alma de alguna vieja cantante de jazz de Nueva Orleans. Pero el asunto no termina ahí. Desde el centro mismo del escenario, donde la gente aplaude casi fuera de sí, tras atestiguar una más de las gloriosas interpretaciones del músico, éste se acerca lentamente al micrófono, para hacer extraños ruidos ininteligibles, que recuerdan los mantras que solamente los chamanes, (entendidos de lujo), logran pronunciar. Pasa un compás y llega el otro, Gato Barbieri espera el turno, como el surfer psicodélico aguarda la siguiente ola, esta será una ola cromática, colorida como el sabor latino que tronará en los oídos.

Lo que parece una disonancia, solo será el pretexto para tornar a la más entrañable de las notas, una que conmoverá el ser con un andar sensual, demostrando que el erotismo también es música, y sobre todo sax, un sax que se deshace en elogios por el placer mismo de hacer arte. El genio, sabe que controla el instrumento, al que cabalga como si se tratara de un pura sangre, siempre regresará a la nota más larga, aquella donde el tiempo y las vivencias se acomodan, mientras el mundo, sus deudas y conflictos ha logrado apagarse, solo mientras dura el momento.
Momento, instante atrapado en una imagen, un sonido que arrebata y dispone de todo aquello que roza. Solo el sax de Gato Barbieri, podría musicalizar el más sensual de todos los striptease. Mientras la ropa va cayendo, en una cadencia que aletarga los sentidos, se deja escuchar “Europa”, como nunca antes nadie se atrevió a tocarla. La interpreta, como un furtivo beso húmedo, de aquellos besos que no se entregan a cualquiera, solo acaso, a un ser entrañable y añorado. Pero no se trata de canciones o anécdotas, la música de la mano de Gato Barbieri, va mucho más allá del simple hecho de entretener. Se teje una historia intensa, un pequeño cuento y poema urbano, que parece exaltarse entre las notas de un papel pautado, por las calles neoyorquinas donde nadie se voltea a ver, excepto, si hay algo muy grave que decirse. Una mirada y otra que se encuentran, cuando la ciudad con su mancha urbana implacable, separa a los seres con sus muros derruidos, y el graffiti que los acompaña. Pasará el autobús, llevándose por siempre, a quienes tal vez habiéndose dicho más de alguna palabra políticamente correcta, se pudieron haber amado. El hubiera, se transforma entonces en una posibilidad… ¿alguien nos ama aun sin conocernos?, toda posibilidad se vuelve infinita tras los acordes de un saxofón que debiera no callar. Tango en París time, pero ningún tango será realmente el último, ninguno que como tal, haya tocado el genio argentino, que tuvo la gracia de encarar al silencio, armado con un fusil de metal, de sonidos electrizantes.
La noticia de la reciente muerte física de Gato Barbieri, solo aumentará su leyenda. Si alguien supo tocar el alma, ese fue el músico argentino, que nos seguirá acompañando a través de su entrañable sax, de aquí, hasta que el sonido se convierta en la  primera sensación de un poderoso déjá vu.