Aldo Fulcanelli
Cae la tarde, el sol a pique y la brisa que acaricia la piel levemente. Al ritmo del ocaso se escuchan como eco los acordes de una insistente guitarra, se trata de Joe Pass, el músico que diseccionó la guitarra en todo su esplendor.
El sabor latino de las improvisaciones de Pass, convirtieron en antológicas e inconfundibles todas sus interpretaciones. Al ritmo del walking bass van y vienen las escalas que cual perlas, van asomándose de aquellas cuerdas que blandiera el genio, como espadas de fino practicante de una esgrima emocional, única.
Va una canción y otra, el tiempo corre de un modo atípico, pareciera que los segundos se detienen en el puente de una guitarra Fender que vibra junto a los martini de algún bohemio bar neoyorquino. En la musical ensoñación aparece el Puente de Brooklyn, que rasga las ventanas como un espejismo del más allá, cuando el sabor afectuoso de las canciones que Joe Pass volvió a inventar bajo sus lúcidas manos de artista genial, renace en cada momento. Es el ritual que solamente el melómano comprendería, abrir el disco de acetato como si fuera nuevo, o bien limpiar el viejo estéreo para colocar el CD, algo que nos permita poner distancia del ritual de lo habitual.
Pero ahí están los dedos del Maestro Joe Pass, sumo sacerdote del jazz más sentimental que enfrenta las horas como un quijote embravecido. Es el turno de “Stella By Starligth”, “Here’s That Rainy Day”, “How High the Moon”, e incluso “Night and Day” de Cole Porter, hijo más que dilecto de un estilo musical que sobrepaso lo sublime. Todas las melodías son novedosas en el estilo de hacer música del genio, bendito el virtuosismo que a través de la magia de la grabación puede trasmitirse de oído a oído, de sentir en sentir, hasta volverse tan infinito como el universo armónico de Joseph Anthony Jacobi Passalaqua, alias Joe Pass. En el nirvana existe un escenario que se tiñe de rojo, giratorio e incesante donde el público viene y va, pero el intérprete a la manera de misterioso holograma siempre permanece. El supremo máster hace hablar a la guitarra bajo las notas de “Have You Met Miss Jones”, se responde y contesta en el más armónico de los soliloquios, crece en las imágenes de video que resguardan sus actuaciones magistrales, debajo de algún spotlight que hace ver su sombra como la de un gigante, demostrando el misterioso influjo del artista que tiene el don; el que es y deja de ser un simple mortal en una paradoja que solo pueden los genios llegar a practicar.
El blues llegó a las alturas bajo el talento de Joe Pass. Da a luz un raro híbrido que recoge todo el doliente sentir del “Black touch”, mientras no deja de celebrar el advenimiento del toque latino tan bohemio, que heredara de Django Reinhardt, otro mágico espécimen. Si los gurús que bajo misteriosa sugestión divina, llegan a despreciar el dolor e incluso el hambre, hubo un Joe Pass único, capaz de llegar a la autoinmolación escénica, y si el aura del genio se hubiera podido captar, seguro competiría en fastuosidad con los mejor de los fuegos de artificio. Mientras escucho “Ain’t Misbehavin”, se me ocurre que uno a otro se tuvieron de modo íntimo. Me refiero a la guitarra el músico, y el instrumento más entrañable que los trovadores exaltaran desde el Medioevo. Joe Pass, es diciéndolo de otro modo, el más grande lujo que la guitarra se pudo otorgar. La asombrosa técnica de Pass, hace pensar en un Wes Montgomery exaltado y en un Reinhardt revolucionado, dos en uno vueltos a la vida desde el más allá, en un cuerpo prestado para largo tiempo.
No, no es el requinto de un trío que interpreta algún noctámbulo bolero. Tampoco es una citara hindú, es el toque universal de un ítalo americano que demostró que la música es un lenguaje universal que dirime la contención que ni los tribunales pueden. A través de la música las pueblos del mundo bailan y gozan, entregándose a un festín donde todo esta incluido. La posibilidad de olvidar el pasado y negarse a un futuro que ni siquiera se alumbra, desnudando el alma en el presente que es el mayor de los regalos, entre las cuerdas de Joe Pass, superior regalo. Y bueno, los álbumes que hoy son de completa colección, y cada uno es un homenaje al buen gusto, Virtuoso, bajo el sello de la legendaria compañía Pablo. “Summer Nights; Ira, George And Joe-Joe Pass Loves Gershwin, o Porgy and Bess, solo por citar algunos ejemplos; los mano a mano con Oscar Peterson, Milt Jackson y Benny Carter, de igual manera.
Si la tarde fue soleada alguna vez, bajo el influjo de Joe Pass, el cielo se fue oscureciendo hasta alcanzar una tonalidad indescifrable, melancólica. Y se escucha “Misty” en cada rincón de cualquier rincón, balada que es llave tonal para la evocación más exquisita. Para añorar lo que no pasó, lo que pasó y no se puede olvidar, o lo que nunca sucederá y bajo el sueño hipnótico que brinda la guitarra poderosa de Joe Pass, retorna al pensamiento como una esotérica precognición.