Que los mexicanos asocien la piel morena con la pobreza, lo sucio y lo feo, mientras que lo rubio se relaciona con la belleza y la riqueza, es lo que arroja un estudio realizado por investigadores de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y que fue presentado durante la VII Conferencia Internacional de Representaciones Sociales, que organizó la Universidad de Guadalajara.

Uno de los investigadores, José Gil García, aseveró que los resultados son sintomáticos. Aunque el estudio abarcó solamente los estados de Puebla y Nayarit, García argumentó que es posible extraer generalizaciones a partir de esa pequeña muestra, pues hay una tendencia ideológica cultural:

“Esto no se podría hacer en otros casos (por ejemplo, en la forma en como pensamos los problemas del país), porque no existe una tendencia. No hay una homogeneidad en el color de piel y en cuestiones étnicas, pero sí se ha creado una ideología que tiende a homogeneizar a la gente”.

Las conclusiones presentadas son provisionales y harán más estudios sobre el tema. “Buscamos generar una reflexión que contribuya a crear una conciencia social al respecto, así como a establecer políticas públicas”.

El profesor de la maestría en Psicología Social de la Universidad de Puebla indicó que otro propósito del estudio es corroborar la existencia de representaciones sociales latentes que surgen bajo ciertas circunstancias.

Cuando a los sujetos entrevistados para el estudio se les preguntó su opinión o qué asociaban con el color de la piel, respondieron con frases generales que no los comprometían, pero cuando la pregunta era qué opina la sociedad sobre el tema, aumentan las características negativas que mencionan en sus respuestas.

Al cuestionarlo sobre si hay discriminación en México, José Gil García indicó que aunque las leyes mexicanas condenan la discriminación a las personas por su color de piel, “en la vida diaria encontramos estereotipos, prejuicios y discriminación por este motivo, como puede verse en los criterios empleados para contratar personal”.

La coordinadora general de esta conferencia, Silvia Valencia Abundis, puntualizó que las representaciones sociales ayudan al individuo a comprender su medio, pero al mismo tiempo pueden perjudicarle al contener información errónea, basada en creencias.

La leyenda purépecha de Mintzita

La leyenda purépecha de Mintzita plasma el dolor, la angustia, la tristeza, la amargura, por el impacto de diferente color de la piel. De ver cómo su marido, don Antonio Huitziméngari y Caltzontzin, quien ya había dejado en su palacio de Tzintzuntzan su túnica blanca y su manto de plumas con los colores reales, para vestir el traje español, cursando los estudios mayores, después de aprender el castellano que le impartiera fray Alonso de la Veracruz, impactaba: ¿Quién hubiera creído capaces a los indios de tener semejante talento? Pero la verdad es asombrosa. El joven príncipe se deleitaba leyendo en griego LA ILIADA de Homero y, en latín, los dulces versos de Virgilio.

Don Antonio Huitziméngari y Caltzontzin poseía el encanto tan singular que brotaba de sus ojos de obsidiana, que muchas damas españolas se sentían emocionadas ante él.

Mintzita ya se encontraba inquieta por la frecuencia con que don Antonio salía de paseo, no sólo con los caballeros, sino también con las damas. Entre ellas, hacía gala de su hermosura doña Blanca de Fuenrara, emparentada con un oidor e hija de un capitán español, gran caballero y principal encomendero de la región. Si doña Blanca hacía gala de su hermosura, más gala hacia de la amistad del príncipe.

¡Qué ganas sentía Mintzita de conocerla! El destino le dio la oportunidad, habría fiesta en el palacio Caltzontzin para los caballeros españoles, que más bien era para doña Blanca Fuenrara.

Cuando se presentaron las damas y caballeros, Mintzita nada vio sino aquella que le señalaron como su rival: doña Blanca de Fuenrara. De ella se le grabaron los ojos verdes, la cabellera de oro, la blanquísima tez y la hermosa cascada de su vestido que, en ondas y pliegues luminosos, caía graciosamente tras de sus diminutos pies.

“¡Nana Cuerápperi! ¿Por qué hiciste tan bella a la extranjera? ¿Por qué diste a sus ojos el color de las olas enfurecidas de mi lago, a sus cabellos de oro de los tiripus que coronan mis bosques a sus vestidos el brillante caer de mi Tzaráracua?”.

Así gemía Mintzita con amarga desesperación. Así dejó de ser la alegría del palacio de Caltzontzin. Así don Antonio la perdió por mucho tiempo.

Cuando don Antonio supo dónde se encontraba, Mintzita le dijo: “Señor mío, he visto a tu alma abandonar la mía y sola he vivido, como en las regiones de Auándaro está sola la Madre Luna. A ella he venido a pedirle que me dé la blancura del cuerpo de aquella mujer; a nuestro Padre el Sol le he pedido que ponga en mi cabello el oro de sus rayos, como los tiene aquella mujer; y a la bella Hapunda (la laguna), el verde de sus olas enojadas para que mis ojos sean también como los de aquella mujer. Mira mis ropas, yo misma las he tejido para hacerlas iguales a las que se pone ella, y con la chupicua he teñido mi rebozo donde la Madre Luna puso sus blancos rayos. Mírame, don Antonio, ve si me parezco a ella y si puedes ya quererme”.

El príncipe la contempló largo rato, admirado de que Mintzita, por querer semejarse a Doña Blanca, había refinado su belleza, dándole tal vestidura. Pensó en que nunca encontraría quien le diera prueba semejante de amor y, enternecido, la invitó a volver al palacio…

Fuente La Gaceta de la Universidad de Guadalajara y agencias

Fotografía: Elnacional.com.de